Por Gerardo León

“Si el miserable pato Donald Trump termina por construir su muro….sepan ustedes que nosotros nos vamos a quedar de este lado…” Joaquín Sabina.

En punto de las 9 de la noche con 10 minutos, arrancaban los primeros acordes de lo que sería una velada mítica, maravillosa y por demás marchosa; en las entrañas del auditorio Josefa Ortiz de Domínguez el cantante español, tan adorado por sus fans queretanos, Joaquín Sabina rasgaba las cuerdas de su guitarra para dar inicio a su recital el pasado 15 de febrero, con el melancólico tema “Cuando era más Joven”, provocando inminentemente el alarido de un puñado y multiplicado millar de fans, que supieron esperar por él, toda una semana debido a la gripe que sufrió el rockero siete días antes, misma que le impidió actuar y que lo hacía regresar a nuestra ciudad.

En inmaculado traje en tono verde, debajo de su inseparable bombín y pertrechado en su banco al centro del escenario, “El Flaco” de Úbeda, entonaba inmediatamente la canción que le da nombre a su nueva producción discográfica, precisamente a la que le debemos esta gira de promoción; “Lo niego todo” retumbó al interior del Josefa, como un ave de mal agüero, ya que en ella, el “Maestro” se desdice, o al menos lo intenta, de todos aquellos –deshonrosos y no tanto- calificativos que le han colgado a lo largo de su excepcionalmente prolífica carrera artística.

Sería entonces que Joaquín se dirigiría al público la primera vez de muchas durante su actuación, en su estilo de siempre burlón e irreverente, advertía que sabía que estábamos ahí por las canciones viejas, mismas que por supuesto cantaría, pero que por lo menos durante la primera parte del show, nos tendríamos que “joder un poco” y escuchar algunas del nuevo disco, ya que era la única posibilidad de que éstas últimas se convirtieran en viejas algún día, como todos sus éxitos, y dada la respuesta del público, las nuevas al parecer ya lo son.

Un Sabina entero sí, pero también parsimonioso y legendario, que durante todo el concierto no se levantó de su asiento más que en contadas ocasiones, propinaba a sus fans cada una de sus canciones a cuentagotas, estableciendo un ritmo y una cadencia de la que sólo pueden darse el lujo los muy grandes; a sus 69 años –cumplidos apenas el pasado 12 de febrero- Sabina impone al interpretar y sorprende al proyectarse en el escenario; sin moverse ya, ni por un instante, de ese pedestal que se ha ganado a pulso, y en donde se codea con muy pocos, tales como Leonard Cohen, Bruce Springsteen o el mismo Bob Dylan.


Cobijado por su banda, a la que él llama su familia, Pachito Varona y Toño García de Diego lucieron remarcables cuando les tocó protagonizar en el escenario, Mara Barros derrochó sensualidad y una voz simplemente espectacular; un concierto con gratas sorpresas, como las canciones “Las 6 de la mañana”, “Donde habita el olvido” o la misma “Peces de Ciudad” que simplemente no se esperaba.

Por poco más de dos horas, el cantautor deleitó a sus fans, no sólo con su música, sino con un cúmulo de sus propios bocetos, que se proyectaron durante todo el show, y aunque ligeramente mermado por la gripe de hace unos días, siempre se mostró retador y estoico volviendo a dejar todo en el escenario y reiterando con frecuencia que Querétaro es especial para él y su banda; “Pastillas para no soñar” cerraba una noche más con Joaquín Sabina, una en la que de nuevo y por mucho, demostró que sigue siendo uno de los más cínicos, pero también románticos, predicadores del rock y la poesía, que se encuentra entre los más destacados y prolíficos escritores que la lengua castellana haya dado jamás, una noche en la que volvió a proclamarse discreta y veladamente, pero de manera definitiva, como ese ángel con alas negras, como suelen llamarlo, aún y a pesar de que “lo niegue todo”.