A un año del choque entre un avión de American Airlines y un helicóptero Black Hawk sobre el río Potomac, familiares de las víctimas y socorristas reviven los momentos más difíciles de aquel 29 de enero de 2025, cuando 67 personas perdieron la vida.
El accidente ocurrió cuando el vuelo 5342, que viajaba de Wichita, Kansas, a Washington, estaba a punto de aterrizar y colisionó con el helicóptero del Ejército, dejando sin sobrevivientes a los 64 pasajeros y tripulantes del avión y a las tres personas a bordo del Black Hawk. La magnitud del incidente lo convirtió en el accidente aéreo más letal en Estados Unidos en más de dos décadas.
Los recuerdos de esa noche son imborrables: maletas de niños, patines de hielo y otros efectos personales flotando entre los escombros, mientras socorristas se sumergían en las aguas frías, turbias y contaminadas por combustible de avión, en condiciones casi imposibles, con el objetivo de recuperar los cuerpos y pertenencias. Para los familiares, cada objeto recuperado ofreció un pequeño consuelo en medio del dolor.
Cerca de 350 socorristas de diversas agencias respondieron al llamado de emergencia, incluidos 20 a 30 buzos especializados. Su trabajo fue intenso y peligroso: rescatar cuerpos, recuperar efectos personales y colaborar con los investigadores del accidente. Algunos, como Tim Lilley, padre del copiloto del vuelo, recordaron la experiencia como “emocionalmente enorme y sanadora” al poder despedirse de sus seres queridos y dejar flores en el lugar donde quedaron las aeronaves.
Además del rescate, las autoridades realizaron una investigación exhaustiva basada en evidencia científica, incluyendo análisis de la caja negra del avión y simulaciones matemáticas y físicas que reconstruyeron el accidente, confirmando que el exceso de velocidad fue un factor determinante.
La conmemoración del primer aniversario incluyó un memorial en Washington para honrar a las víctimas y reconocer el esfuerzo de los socorristas, cuya salud mental sigue siendo monitoreada debido al impacto emocional de la operación, especialmente por la presencia de niños entre los pasajeros.
Para muchos de los familiares, la recuperación de objetos personales como anillos, patines o maletas proporcionó un cierre simbólico, y los equipos de emergencia esperan haber podido brindar, al menos, un poco de consuelo en medio de la tragedia. Como destacó el buzo Robert Varga: “Esperamos haber podido proporcionarles al menos una pizca de cierre”.




