La llamada Marcha de la Generación Z reunió este sábado a miles de jóvenes en diversas ciudades del país. La convocatoria surgió entre quienes crecieron en un contexto atravesado por episodios de violencia, crisis sociales y una pandemia que marcó su formación, y que hoy buscan expresar su inconformidad ante un futuro que sienten cada vez más incierto.
El movimiento, que desde días previos había generado debate público por el apoyo visible de sectores de oposición y grupos conservadores, provocó que un bloque de jóvenes organizara una movilización paralela el fin de semana anterior para tomar distancia de esa narrativa y reiterar que su causa es independiente de cualquier fuerza política.
Estas protestas forman parte de una ola global de manifestaciones juveniles que se han dado recientemente en varias regiones del mundo —desde Asia hasta África y América Latina— para denunciar prácticas de corrupción, abusos de poder, desigualdad y falta de oportunidades. Son movimientos caracterizados por su organización flexible, descentralizada y apoyada principalmente en plataformas digitales.
Amanda Romano, estudiante de ciencias políticas y creadora de contenido sobre temas públicos, resumió el sentir de muchos de los asistentes: “Nuestra generación tiene que empujar más fuerte porque sentimos que nos arrebatan la posibilidad de construir un futuro digno”. Señaló que la precariedad laboral y la sensación de estancamiento son problemas que comparten jóvenes de distintos países y que alimentan estas expresiones de protesta.
En la Ciudad de México, comerciantes establecidos en los alrededores de Paseo de la Reforma optaron por instalar protecciones y cubrir fachadas ante la previsión de posibles incidentes durante la marcha. El operativo fue parte de las medidas preventivas que acompañaron una jornada que, para miles de jóvenes, representó un grito colectivo para recuperar voz, espacio y esperanza.



